(Por Ceferino M. y Ralph B., alumnos de 3º año EP)

Un día los padres de Ceferino y Ralph les advirtieron que no bajaran al sótano. Desde ese momento los chicos no dejaban de pensar en qué habría allí para que no los dejaran ir, así que una noche cuando todos estaban durmiendo los dos bajaron al sótano.

Entraron y estaba todo oscuro. Buscaron linternas, alumbraron a una silla y se subieron hasta un mueble alto que les llamaba la atención. Arriba del mueble había un volante y una palanca que movieron para atrás. Entonces la silla se movió tan rápido y se encendió una luz brillante que iluminó todo el sótano. Rápidamente fueron teletransportados a 1879, Córdoba donde ese encontraba la Academia de Ciencias. Estaban sorprendidos, estaban en la puerta de la academia que habían visitado con el colegio, pero muchos años atrás, y al entrar vieron huesos, minerales y plantas. Quisieron tocar los huesos, pero de repente entró un señor que dijo que era el Director de la Academia, Jorge Hieronymus, y les dijo:

– ¿Quieren conocer todo lo que tenemos aquí?

– Por supuesto -dijeron Ralph y Cefe.

Después del paseo, los chicos le contaron que eran de 2019 y que al tocar una palanca había sido transportados en el tiempo.

El Director se quedó pensando un rato y después los llevó a una habitación muy antigua donde estaba la silla y la palanca.

– ¿Ustedes hablan de esta palanca? -les dijo.

– ¡Sí! -dijeron los chicos.

– Nunca imaginé que esta fuera una máquina del tiempo. Está acá desde hace años, vino con unas cajas desde Europa. Alguien la donó para la Academia de Ciencias.

– Tengo una idea genial-dijo Ceferino

– Venga con nosotros a 2019 para ver cómo creció esta Academia en los 150 años. Acá tengo un folleto que viajó conmigo en el bolsillo del acto que habrá el próximo 11 de septiembre. Véalo usted mismo.

Jorge Hieronymus no podía creer lo que veía.  La Academia estaría 150 años después.

Los tres se subieron a la silla, jalaron la palanca para atrás y viajaron a 2019.  Imaginen lo que pasó después en el acto de la Academia, cuando el 11 de septiembre a las 10.40 hora mientras presentaban el libro de los 150 años se acercaba un señor de barba y lentes, biólogo nacido en Berlín, pero con ganas de trabajar en un país muy lejano al que quería ayudar a crecer.

– ¿Puedo hacerles una dedicatoria en ese libro? -dijo.

Los chicos quedaron tan contentos que decidieron ser científicos algún día y se sacaron una foto con los profesores de la Academia que recordarán siempre.

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