Taller de Comunicación de Secundaria | Cuento: Nunca dejaré de ser tu sombra

Por Martina B.f.

Había una vez un gran árbol, que habitaba en un hermoso bosque lleno de aves, de sol y aire fresco. El bosque era muy conocido, ya que mucha gente iba a pasar el día allí. Bajo sus ramas las familias se sentaban a hacer picnics, especialmente los domingos. Al árbol le encantaba escuchar aquellos chismes y charlas, era un gran entretenimiento para él…

Eso sucedió durante mucho tiempo, hasta que un día todo cambió. El árbol emocionado por escuchar nuevas conversaciones esperó a que alguien se acercara. Esperó una hora, esperó dos, tres, pero nadie, ni siquiera los animales iban hacia él. El árbol se sintió muy solo y angustiado, no entendía lo que estaba sucediendo. Pensaba que quizás, ya no era muy grande y sus ramas no daban mucha sombra y por eso nadie venía, porque ellos querían sentarse a charlar donde no hubiera mucho sol. O tal vez era muy viejo y la gente tenía miedo de que no estuviera muy estable y se cayera sobre ellos. Nada le aseguraba lo que pensaba, hasta que en un momento el bosque estaba rodeado por una reja enorme, repleta de señores trabajando, a lo lejos se escuchaban ruidos muy fuertes y molestos.
De repente comenzaron a acercarse máquinas enormes, monstruosas con dientes de acero, así que él comprendió todo… estaba en peligro, lo iban a talar. Él no sólo representaba una sombra donde las personas se sentaban a hacer picnics, también era el oxígeno que respiraban día a día, el hogar de muchos de los seres vivos, les daba alimento, medicinas… les daba vida. Finalmente se dio cuenta de que a nadie le importaba, que era solo un árbol más de los últimos que quedaban en pie. Muchos de sus amigos habían desaparecido, el bosque se estaba convirtiendo en una de las cosas que él más temía, en una ladera desolada. El crujir de las máquinas producía un ruido ensordecedor, el fin se acercaba inevitable.

De repente comenzó a escuchar una multitud de gente que se dibujó en el horizonte con banderas y pancartas. ¡Estaban yendo hacia él para ayudarlo! En aquel momento, se dio cuenta de que no estaba solo. Las personas se aferraron fuertemente a los últimos árboles, se encadenaron a ellos y comenzaron a gritar. Las máquinas se detuvieron, los taladores trataron de hacer lo posible para tranquilizar a la multitud, pero no pudieron. La esperanza de salir con vida se hizo realidad.

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